El 25 de abril se conmemora el Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil, una fecha instituida por UNICEF para visibilizar y erradicar la violencia contra niñas, niños y adolescentes.
El siguiente es un escrito con algunos datos:
INFANCIAS MALTRATADAS Y SUS SECUELAS
Por la Dra. Vanina Botta
La violencia contra niñas, niños y adolescentes es una vulneración de derechos, es al mismo tiempo una violación de los derechos humanos y un problema de salud global. No es un fenómeno aislado ni reciente, sino un fenómeno complejo y multidimensional en el que interaccionan factores a nivel individual, a nivel relacional, a nivel de la comunidad y de la sociedad.
La violencia es una forma de ejercicio del poder mediante el empleo de la fuerza (física, psicológica, económica, política, sexual, etc.) e implica la existencia de jerarquías. Es una acción socialmente nociva, que demuestra la existencia de una asimetría de poder de quien ejerce la violencia hacia quien no puede defenderse.
Las violencias implican acciones, relaciones y discursos que buscan dominar y someter a las niñas, niños y adolescentes aprovechándose de la vulnerabilidad y desigualdad existente.
Existen tipos de violencias: física, sexual, emocional, psicológica, económica, negligencia, violencia en entornos digitales, etc
La lista de estudios que relacionan el maltrato infantil con alteraciones en el desarrollo y la aparición de trastornos psíquicos y de conductas agresivas en la adolescencia y la vida adulta es larga. La mayoría de estos estudios muestran el incremento en patrones negativos del comportamiento incluyendo la deserción escolar, el abuso de estupefacientes, la depresión, el suicidio, la futura victimización o su vinculación con la violencia y la delincuencia
En los países de la región, existen evidencias sólidas sobre los efectos negativos de la violencia en el desarrollo de la primera infancia, tanto en lo cerebral (neuroquímico, neuroanatómico, cognitivo y psicológico) como en lo emocional y físico.
Cuando un niño/a enfrenta factores estresantes significativos, frecuentes o prolongados (abusos sexuales o negligencia o exposición repetida a violencia doméstica, violencia comunitaria o uso indebido de sustancias por parte de los padres) y el adulto/a es potencialmente tanto la fuente de miedo como la de apoyo, es quien debe cuidarlo y protegerlo y sin embargo lo lastima, se demuestran cambios en la estructura y el desarrollo del cerebro de niños y niñas que sufren estas situaciones.
Entre las consecuencias se describen: una disminución del cuerpo callosos (es la estructura responsable de la comunicación entre los hemisferios derechos e izquierdos), un volumen reducido del hipocampo (es fundamental en el aprendizaje y las memorias), hiperactividad en la amígdala (la estructura cerebral encargada de procesar el miedo) que genera respuestas emocionales displacenteras, un volumen cerebral global disminuido y niveles irregulares de cortisol ( que es la hormona del estrés), entre otras cuestiones.
Además, estos efectos no son reversibles cuando se elimina la causa del estrés ni disminuyen al desarrollarse otras áreas del cerebro implicadas en la regulación emocional, como la corteza prefrontal (área ubicada detrás de la frente que regula emociones)
La activación extrema o persistente del sistema de estrés del cuerpo puede afectar el desarrollo del cerebro, provocando una percepción elevada de miedo y un cambio rápido a un modo defensivo cuando se enfrenta a factores estresantes. Se modifica la forma en que se percibe el ambiente, desarrollándose conductas de hipervigilancia y actitudes defensivas generalizadas, así como una tendencia a interpretar como amenazantes estímulos de carácter ambiguo.
En general, los hallazgos encontrados sugieren que la adversidad temprana puede dejar marcas epigenéticas que pueden predisponer a los individuos a una variedad de trastornos psicológicos y médicos en etapas posteriores de la vida. La exposición temprana al estrés y el trauma pueden provocar cambios epigenéticos que afectan la respuesta al estrés, la regulación del sistema inmunológico y la expresión génica en regiones cerebrales asociadas con el procesamiento emocional.
Las experiencias tempranas son especialmente poderosas y de efectos perdurables, sobre el desarrollo neurológico y psicológico, y, por tanto, sobre las conductas y emociones.
Estas experiencias adversas tempranas pueden adoptar formas de maltrato físico, emocional, psicológico, abandono, negligencia, explotación, abuso sexual, etc.
Múltiples estudios demuestran que los niños y niñas que sufren maltrato tienen un mayor riesgo de desarrollar trastornos mentales como depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático (TEPT) y trastornos de la conducta no solo durante la infancia sino en la también en la adultez. Así como generar dificultades en el aprendizaje, en las relaciones, y en el peor de los casos, traer como consecuencia que se adopten comportamientos autodestructivos y suicidios.
En Argentina, 1.064.820 niños/as y adolescentes tienen algún problema de salud mental y existen muchos más sin diagnosticar (o sea, el 20 a 30 % de los adolescentes presentan padecimientos mentales) y según la Encuesta Mundial de Salud Escolar 2018 en Argentina, el 21,6% de los estudiantes de 13 a 15 años consideró seriamente la posibilidad de suicidarse durante los últimos 12 meses.
Dentro de la mortalidad adolescente por causas externas, el suicidio merece nuestra atención particular; ya que es la segunda causa de muerte entre los 10 a 19 años y la tercera causa de muerte entre los 15 y 19 años.
Es importante aquí destacar que el hecho de que un niño/a no parezca exteriormente afectado por el maltrato no significa necesariamente que el niño no esté afectado.
No importa la época (la edad) donde esto haya ocurrido, el dolor que siente un niño o niña siempre deja secuelas; ya que el maltrato y la violencia tiene múltiples consecuencias negativas en el bienestar y en el desarrollo de las infancias y adolescencias que pueden durar toda la vida. No solo respecto del daño y del dolor que causan las lesiones físicas, sino que se afecta el desarrollo cognitivo, la autoestima, genera sensación de soledad, abandono y debilita las relaciones interpersonales.
Es decir, la violencia siempre deja huellas… ¿O crees que no tuvo consecuencias en vos las situaciones de violencia, malos tratos, abandono o simplemente de ser espectador de violencia en tu infancia o adolescencia??
Respecto al abuso sexual, una de las formas de violencia más flagrante o evidente es el peor de los maltratos infantiles y las consecuencias son horrorosas, entre otras cuestiones por los efectos psicológicos potencialmente devastadores que origina, el abuso sexual deja una huella psíquica en cada víctima. Lo más lamentable de todas las historias de abuso sexual es que los abusadores son generalmente personas de la familia o muy cercanas; por lo tanto, se aprecia que hay un notorio predominio del abuso crónico y reiterado en relación con el episodio único.
En muchos casos la denuncia no se realiza hasta que el abuso haya sido larga y dolorosamente repetido o cuando ya existan consecuencias graves, físicamente o psíquicamente (el abuso genera un desmantelamiento psíquico, una catástrofe en la vida de quien lo padece).
Es fundamental no concebir el abuso sexual como una cuestión únicamente concerniente a la sexualidad del individuo, sino como un abuso de poder. El abuso sexual infantil es claramente una relación de poder. Es un crimen de poder, de dominación.
Los datos compilados y publicados recientemente en el libro “Break the record” muestran que una de cada 5 niñas y uno de cada 7 niños en el mundo son víctimas de abuso sexual
El índice Out of the Shadows (Fuera de las Sombras) compara cómo 60 países (que albergan aproximadamente el 85 % de la población mundial de niños niñas y adolescentes) previenen y responden a la explotación y el abuso sexuales de ellos/as. El índice mide la forma en que los países están previniendo y respondiendo a la explotación y el abuso sexuales de los niños. La Argentina se encuentra número 50 (de los 60 países) en este ranking.
Detrás de cada estadística está la historia de un niño, niña o adolescente, historia que no debería incluir violencia. Podemos reconocer como adultos/as las distintas formas en que se presenta la violencia y el abuso, observar y estar atentos a las señales para poder identificar si surgiera una situación. Trabajar para erradicarla es responsabilidad de todos.
Entendiendo todo esto y entendiendo que en la infancia se define la salud mental de los adultos es urgente intervenir para prevenir la violencia y los abusos en esta etapa tan vulnerable de la vida. Un trato afectivo, tierno, de cuidados y amor en las infancias se transformarán así en la base para un sano desarrollo mental.



Vanina Botta. Médica (MP2536). Especialista en Psiquiatría. Residencia en Salud Mental y Psiquiatría Comunitaria. Diplomada en Psiquiatría Forense. Especialista en Medicina Legal. Medica Forense
