Otra vez, el sacrificio de los productores se enfrenta a la tragedia. Como capitanes que no abandonan su barco, permanecen en el incendio, tratando de salvar lo que pueden, arriesgando sus vidas para defender su tierra, su ganado, su trabajo. Pero cuando el humo se disipa, solo quedan cenizas, pérdidas millonarias y un tiempo irrecuperable.
El fuego arrasa sin piedad: alambrados, animales, años de esfuerzo que desaparecen en cuestión de horas. Y detrás de cada incendio, la misma disyuntiva: la ausencia de los organismos que deberían prevenirlo y la falta de aportes suficientes para evitar que estas tragedias se repitan. La prevención no solo depende del Estado; también es clave el compromiso de los productores en mantener los alambrados limpios, los cortafuegos alrededor de los cascos y las medidas necesarias para reducir los riesgos.
Las imágenes hablan por sí solas. Dolor, impotencia y una pregunta que resuena en cada productor afectado: ¿hasta cuándo?
