El conflicto en el sector pesquero lleva varios meses sin resolverse. Y mientras las negociaciones siguen estancadas, las consecuencias se profundizan y comienzan a afectar de forma directa no solo a los trabajadores involucrados, sino a gran parte del entramado económico y social de Puerto Madryn.
Sabido es que la pesca es una de las tres actividades productivas fundamentales de Puerto Madryn, junto al aluminio y los pórfidos. Y dentro de esa cadena, los trabajadores embarcados —por el riesgo, la exigencia y la especificidad de su tarea— perciben remuneraciones que alimentan buena parte del circuito económico local. Gastronomía, supermercados, casas de ropa, librerías, transporte, alquileres y servicios, entre otros rubros, sienten hoy la retracción del consumo.
Pero hay efectos más graves y silenciosos. Las obras sociales que cubren a las familias de estos trabajadores ya están notificando la interrupción de servicios por la falta de aportes. Muchas madres trabajadoras del sector, en especial operarias de plantas pesqueras con hijos con discapacidad, fueron informadas que a partir del 10 de junio perderán la cobertura para ellos. Es decir: niñas y niños que necesitan atención constante y tratamientos específicos quedarán a la deriva, saturando un sistema público de salud ya colapsado.
Esto no solo afecta “a los que cobran 10 millones”, como suele decirse con ligereza, sino que golpea con crudeza a familias enteras que hoy no tienen cómo afrontar necesidades básicas, ni de salud ni de alimentación. Y afecta, en definitiva, a toda una ciudad que depende de este circuito económico genuino que hoy está paralizado.
Puerto Madryn no puede darse el lujo de naturalizar este conflicto. La invitación es a que todos los actores con capacidad de incidir —sector empresarial, sindicatos, autoridades provinciales y municipales— dejen de lado intereses sectoriales y trabajen con urgencia en una solución. El bienestar de cientos de familias y la salud de la economía local lo exigen.




