TRELEWAZO: A 54 AÑOS, LAS VOCES QUE SE NEGARON A OLVIDAR

Los familiares y protagonistas recuperan los recuerdos de una de las mayores movilizaciones populares de la historia de Chubut. El testimonio de una hija de Puerto Madryn vuelve a poner en primer plano el terror de los allanamientos, la detención de vecinos y la solidaridad que logró torcerle el brazo a la dictadura.

El 11 de octubre de 1972, cuando todavía estaba fresco el horror de la Masacre de Trelew, la dictadura militar lanzó un operativo represivo que sacudió a toda la región. Decenas de efectivos allanaron viviendas y detuvieron a vecinos acusados de haber brindado solidaridad a los presos políticos.

La respuesta fue inmediata. En Trelew comenzó a gestarse una movilización que terminaría convirtiéndose en un acontecimiento histórico: el Trelewazo, también conocido como la Asamblea del Pueblo.

A 54 años de aquellos hechos, familiares y protagonistas vuelven sobre esa historia. Desde el Centro Cultural por la Memoria, el colectivo Fragmentos de la Asamblea recupera testimonios, reconstruye vivencias y busca que las nuevas generaciones conozcan lo que sucedió en aquellos días de miedo, organización y resistencia.

UNA HISTORIA QUE TAMBIÉN ATRAVESÓ A PUERTO MADRYN

Entre los relatos compartidos aparece el de Patricia del Villar, hija de Manuel del Villar, uno de los vecinos de Puerto Madryn detenidos durante el operativo.

Patricia tenía apenas siete años cuando los militares llegaron a su casa. Recuerda que su padre la despertó y que, poco después, vio entrar a numerosos efectivos que comenzaron a revisar las habitaciones. Su madre intentó impedir que ingresaran al dormitorio donde estaban los chicos mientras los militares avanzaban por la vivienda.

Pero hay otra imagen que quedó grabada en su memoria: la de su madre intentando esconder unos panfletos celestes con letras negras que reclamaban «Libertad a Amaya».

Manuel del Villar era amigo de Mario Abel Amaya, el abogado detenido meses antes, acusado de colaborar con la fuga de presos políticos del penal de Rawson. Patricia recordó que, cuando su padre trabajaba de noche, recorría Puerto Madryn con su madre y arrojaba esos panfletos por la ventanilla del auto para reclamar su libertad.

La madrugada del allanamiento, mientras se llevaban a su padre, Patricia también alcanzó a ver desde una ventana a vecinos trabajadores contra los paredones, con los brazos y las piernas abiertos, bajo el control de los efectivos.

Tenía siete años. Décadas después, esos recuerdos regresan con detalles que muestran cómo la represión no se limitó a quienes fueron detenidos: también atravesó la vida cotidiana de sus familias, de sus hijos y de una comunidad entera.

DEL MIEDO A LA MOVILIZACIÓN

El operativo comenzó durante la madrugada del 11 de octubre de 1972. Bajo la denominación de «Operativo Vigilante», fuerzas militares y de seguridad detuvieron a más de veinte personas en distintos puntos de la región. Entre ellas había vecinos de Trelew, Puerto Madryn, Rawson y Puerto Pirámides.

El objetivo represivo alcanzaba a quienes habían expresado solidaridad con los presos políticos y sus familiares, en un contexto de endurecimiento de la dictadura tras la fuga del penal de Rawson y la Masacre de Trelew, perpetrada el 22 de agosto en la Base Aeronaval Almirante Zar.

Sin embargo, las detenciones no consiguieron paralizar a la población.

Ese mismo día comenzaron las reuniones y las convocatorias. El Teatro Español de Trelew se convirtió en el centro de la Asamblea del Pueblo, donde vecinos, estudiantes y trabajadores debatieron cómo responder y exigieron la liberación de los detenidos.

La movilización fue creciendo. Hubo un paro general regional el 13 de octubre y una nueva medida de fuerza el día 20. La actividad comercial, bancaria, educativa y administrativa quedó afectada en distintas localidades del Valle, mientras las asambleas mantenían activa la protesta.

Las liberaciones se produjeron por etapas. El 16 de octubre se anunció la libertad de un primer grupo; el 19 fueron liberados otros detenidos y, el 27, se informó la liberación de Gustavo Peralta y Elvio Ángel Bel. Mario Abel Amaya permaneció preso hasta el 14 de noviembre, cuando finalmente recuperó la libertad.

La Asamblea del Pueblo había conseguido su objetivo central: que los detenidos regresaran a sus hogares.

LA MEMORIA TAMBIÉN SE HEREDA

Los encuentros actuales buscan reconstruir esa historia desde un lugar particular: la palabra de quienes estuvieron allí y la de quienes crecieron escuchando —o intentando comprender— lo que habían vivido sus padres.

Marcial Lendzian, hijo de Manfredo Lendzián, uno de los vecinos detenidos, recordó que durante su infancia había conversaciones familiares que se interrumpían cuando los chicos se acercaban a la mesa. Con los años comprendió que aquellos silencios estaban vinculados con una época en la que hablar de lo sucedido no era sencillo.

«La memoria es un músculo que se ejercita», planteó durante el encuentro, al explicar la importancia de recuperar y compartir los recuerdos.

Cristina Pereyra, por su parte, contó que una experiencia en una escuela de Trelew la llevó a advertir cuánto desconocían los jóvenes sobre el Trelewazo. De allí surgió, junto con Patricia del Villar, la decisión de reunir relatos de protagonistas, familiares y personas que conocieran aquellas vivencias.

También Silvia Asaro reconstruyó cómo, con apenas 19 años y sin militancia previa, decidió sumarse a la movilización después de escuchar por radio la convocatoria a reunirse en la plaza. Para ella, aquella jornada marcó el comienzo de un compromiso que luego continuaría a través de la militancia y el trabajo social.

Los testimonios no reconstruyen solamente una fecha. Recuperan el miedo de las familias, la solidaridad entre vecinos, el despertar político de una generación y la decisión de una comunidad de no aceptar en silencio las detenciones.

A 54 años del Trelewazo, esa memoria vuelve a ponerse en circulación. Porque detrás de los nombres, las fechas y las fotografías hubo personas concretas, familias que esperaron y una sociedad que encontró en la organización colectiva una forma de enfrentar el terror.

Y porque, como muestran las voces que hoy reconstruyen aquellos días, la historia no termina cuando los protagonistas dejan de hablar. También continúa en quienes se animan a escuchar, preguntar y contarla de nuevo.

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