El veterano de Guerra de Malvinas Raúl Mutio, camillero de combate durante el conflicto de 1982, protagonizó uno de los momentos más emotivos del acto conmemorativo del desembarco de los excombatientes en Puerto Madryn. Con la voz quebrada por momentos y una profunda carga emocional, reivindicó el abrazo que la ciudad les brindó al regresar de la guerra y aseguró que ese gesto jamás será olvidado por quienes combatieron en las islas.
Hubo silencios que pesaron más que las palabras. Y hubo palabras que atravesaron el corazón de los presentes. Así ocurrió cuando Raúl Mutio tomó el micrófono frente a autoridades, veteranos, familiares y vecinos para recordar uno de los capítulos más dolorosos y, al mismo tiempo, más luminosos de la historia reciente argentina.
El excombatiente comenzó recordando una realidad que marcó a toda una generación de veteranos: que muchas veces lo más difícil no fue la guerra, sino el regreso. «Lo peor que nos pasó a los excombatientes fue volver de la guerra», afirmó, aludiendo al olvido y la indiferencia que encontraron muchos soldados al regresar al continente.
Mutio habló sin rodeos. Reconoció que los jóvenes soldados fueron llevados al conflicto, aunque también recordó la euforia patriótica de aquellos días. «No somos víctimas de la guerra. Somos el orgullo de lo que habíamos participado», sostuvo, rechazando las etiquetas que durante años pesaron sobre los veteranos.
Sin embargo, el momento más conmovedor llegó cuando evocó el regreso a bordo del buque Canberra y las advertencias que recibieron antes de desembarcar en Puerto Madryn.
Les habían dicho que la gente estaba furiosa por el resultado de la guerra. Que debían bajar rápidamente de los barcos, subir a los camiones y ocultarse bajo las lonas para evitar agresiones. Muchos creyeron que los insultarían o que descargarían sobre ellos la frustración de la derrota.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
«Puerto Madryn fue la gran diferencia que puede tener todo el país», expresó con emoción.
Recordó que los vecinos rompieron los cordones de seguridad para acercarse a los soldados, saludarlos, abrazarlos y compartir lo poco que tenían. Habló del pan que ofrecían los madrynenses, símbolo de las privaciones que habían sufrido durante el conflicto, y del afecto espontáneo que recibieron aquellos jóvenes que regresaban con las marcas de la guerra.
«Nos aplaudieron cuando fuimos y nos abrazaron cuando volvimos. Eso nunca lo vamos a olvidar», dijo, arrancando lágrimas entre muchos de los presentes.
Mutio también recordó el costo que la posguerra tuvo para miles de veteranos, señalando que las pérdidas por suicidios superaron a las registradas en combate. Pero lejos de victimizarse, reivindicó la dignidad de quienes participaron del conflicto y rechazó los estereotipos construidos durante décadas.
«No somos los chicos de la guerra, ni los loquitos de Malvinas», expresó con firmeza.
El cierre fue el momento de mayor emoción. Mirando a la comunidad de Puerto Madryn, agradeció en nombre de todos sus camaradas y dejó una frase que quedó resonando entre los asistentes.
«Si surge de vuelta, vamos a ir. Pero Dios quiera que si tengo que volver, sea acá en Puerto Madryn, porque sé lo que me espera, sé cómo me van a recibir, porque sé cómo es esta sociedad».
El aplauso fue inmediato. Los presentes aplaudieron varios minutos. Otros no pudieron contener las lágrimas.
Porque más de cuatro décadas después de aquella jornada de 1982, el abrazo de Puerto Madryn sigue vivo en la memoria de quienes regresaron de la guerra.
